La violencia obstétrica no siempre se manifiesta a través de una agresión explícita. Puede aparecer en prácticas o formas de atención que vulneran la autonomía, la dignidad, la intimidad o el derecho a recibir información y participar en las decisiones sobre el propio cuerpo durante el embarazo, el parto o el posparto.

No sentirse escuchada, recibir información insuficiente o atravesar procedimientos sin un consentimiento adecuadamente informado son experiencias que pueden generar un importante impacto emocional. Además, algunas de estas prácticas pueden estar normalizadas, haciendo más difícil reconocer lo ocurrido o comprender por qué aquella experiencia continúa generando malestar.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que todas las mujeres tienen derecho a una atención digna y respetuosa durante el embarazo y el parto. La atención de calidad no se limita al resultado clínico: también implica preservar la dignidad, la privacidad y la confidencialidad, favorecer decisiones informadas y ofrecer apoyo durante el proceso.

En 2022, el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) de Naciones Unidas se pronunció sobre un caso ocurrido en España y consideró que los hechos constituían violencia obstétrica. Entre otras cuestiones, el Comité analizó la realización de intervenciones sin una adecuada información o consentimiento y recordó la importancia de respetar la autonomía y la dignidad de las mujeres en la atención sanitaria.

Cuando la experiencia del parto deja huella

Un parto vivido como traumático puede tener consecuencias que continúen mucho después del nacimiento. La investigación ha encontrado asociaciones entre estas experiencias y síntomas de estrés postraumático y otros problemas de salud mental durante el posparto. Los síntomas de estrés postraumático relacionados con el parto también se han asociado con mayores dificultades en el vínculo temprano madre-bebé, aunque esta relación es compleja y pueden intervenir otros factores.

Por eso, cuando después de un parto aparecen miedo, tristeza, culpa, ansiedad, recuerdos intrusivos, sensación de desconexión o dificultades para integrar lo sucedido, también puede ser importante preguntarnos cómo se vivieron el embarazo, el parto y la atención recibida.

No todas las experiencias difíciles durante un parto constituyen violencia obstétrica, ni todas las mujeres responden de la misma manera ante una experiencia similar. Poder explorar lo sucedido sin minimizarlo ni imponer una interpretación puede ayudar a comprender el impacto que esa experiencia ha tenido.

Poder poner palabras a lo vivido

Hablar de violencia obstétrica no significa generar miedo hacia el parto ni culpabilizar de manera general a los profesionales sanitarios. Significa reconocer que una atención de calidad también requiere respeto, información, consentimiento, escucha y participación de la mujer en las decisiones que afectan a su cuerpo y a su salud.

Y cuando una experiencia durante el embarazo, el parto o el posparto ha dejado una huella emocional, poder hablar de ella, comprenderla y recibir acompañamiento también puede formar parte del proceso de recuperación.

Porque recibir una atención respetuosa no debería ser un privilegio: es un derecho.

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